EDUARDO X EDUARDO

El destino, que a veces despliega casualidades, quiso que naciera en

Curuzú Cuatiá, en 1944, un pueblo de quince mil habitantes, en el centro de la provincia de Corrientes. El destino, en realidad, era el de su padre, oficial de caballería recién casado, que fue enviado a aquellos parajes donde dicen que la tierra hierve y los hijos nacen con un acero en la mano.

Desde muy temprano Eduardo manifestó su afición por las imágenes. Cuando sus padres le compraban cuadernos y libretas para que no dibujara en cualquier lado, siempre creyeron que ese vicio solitario no se prolongaría más allá de la adolescencia.   A los 15, quiso ingresar en la escuela de Bellas Artes, pero ellos, con la practicidad típica de los padres, lo convencieron que antes de dedicarse a la pintura, estudiara una carrera “seria”.

El destino nuevamente, y esta vez fue implacable, decidió otra cosa. Madre y padre, murieron a los pocos años. Eduardo abandonó la carrera de Administración de Empresas y se anotó en la Escuela Manuel Belgrano.

Al principio fue un alumno brillante, con el que todos los profesores de dibujo y pintura estaban encantados. Esa situación sólo duró los dos primeros años. En tercero ya formaba parte de esa masa que asistía a todas las asambleas, tomaba la escuela  y terminaba detenida en la Comisaría 15.

Los rumorosos años setenta lo llevaron primero a Europa y después lo trajeron para la militancia. Aún encuadrado en un partido político, nunca perdió de vista su esencia y siempre supo que lo suyo estaba en las gubias y los pinceles.

La fortuna quiso que se cruzara con Aída Carballo, de quién fue asistente de taller y discípulo. Finalmente encontró en la pintura sobre  madera tallada – Xilopintura- su lenguaje y su marca de estilo. Considera a Buenos Aires su lugar, donde realizó treinta muestras individuales, y obtuvo en 1997 el premio de grabado del Salón Manuel Belgrano y en 2000 el Gran Premio de Honor del Salón Nacional.