Esto lo anoté el 1 de enero de 2005.


De repente parece que esto es una ficción y empiezo a dudar. La sensación es que todo es una fantasía desarrollada en mi cabeza y en la de algunos más. En cualquier momento alguien hará sonar los dedos y todo desaparecerá. El valor del arte, el valor de mi arte, la posibilidad de crecer en ese sentido, el sentido de mi vida.

¿Qué me preocupa? En que hay un porcentaje importante de mentira en todo esto del arte. Es muy sutil, a ver si me explico, pero creo que todo es un tránsito entre la mentira y la verdad. Es como caminar en una penumbra plagada de objetos desconocidos, buscando una ilusoria puerta de salida. Cada tanto, y esto alimenta las ilusiones de la mayoría, los más afortunados, los más consecuentes, los más talentosos, cruzan esa línea no estipulada, inexistente, y llegan al punto en que todo encaja. Y allí, únicamente allí, las cosas cobran sentido y el universo se reconstruye.

Elucubro, en este momento, que el arte se nutre del artificio, para generar nuevas quimeras. Y no solo me refiero a la obra en sí, sino también al entorno, donde suceden los epifenómenos del arte, que son el filtro por los que pasan todas las expectativas. El mundillo del arte es una hoguera de vanidades, y aunque uno no lo quiera, alguna vez en la vida, esa feria te toca la puerta o pasa frente a tu ventana. En ese instante serás deslumbrado por sus resplandores y creerás todas sus promesas.

Pero a no engañarse, no basta un buen cuadro para subir al podio. Además hace falta que una serie de hechos externos (inclusive algunos pueden estar muy alejados del arte) se alineen para dar la posibilidad de que suenen (aunque sea por un momento) las trompetas celestiales.


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